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La socialización del sufrimiento

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Para ubicarnos en una situación ante la que se le dice que ya no tenemos nada que temer de violencias ilegítimas, tenemos necesidad de ajustar cuentas con el pasado de dolor y sufrimiento. No podemos dejar sin completar esa memoria, que debe comprometer al pensamiento social que organice nuestro futuro. Por ahora, es perfectamente explicable que, en lugar de vivir el fin de la violencia como una oportunidad de realizar sus mejores sueños, muchos vascos vivan con la necesidad de asegurar que ha llegado de verdad el final de sus miedos. De ahí proviene también la importancia del ‘suelo ético’ que, de ser asumido por todos, puede operar como un mecanismo eficaz para regular el estado de confianza social.

El Foro Social de Paz ha emplazado a elaborar el Mapa integral del sufrimiento vasco. Viniendo de quien viene, hay que valorar positivamente el llamamiento. En realidad, se está realizando ya un gran esfuerzo público y social para hacer visibles todas las formas de victimación, agresión o persecución sucedidas durante los años de plomo. Se está identificando y se busca reparar a víctimas del terrorismo o de violencia policial ilícita, de torturas y de la extorsión de impuesto revolucionario.

Pero, junto a ello, es absolutamente necesario realizar la memoria de la socialización del sufrimiento, que ha dejado un rastro de miedo todavía perceptible en los lugares más castigados por aquella estrategia de la izquierda abertzale. Recordemos que la ponencia Oldartzen de Herri Batasuna quiso agudizar el conflicto en las calles, para mostrar que vivíamos en una sociedad violentada. “La violencia en la calle es expresión de la que existe en la sociedad”, justificó Tasio Erkizia en aquel tiempo la Kale Borroka (EGIN 11-enero-1996).

De esta manera, comenzaron las contramanifestaciones violentas, los acosos personales, los escraches ante los domicilios, los sabotajes a bienes, la intimidación y las agresiones, el envío de explosivos a domicilio, … Gesto por la Paz habló de una violencia de persecución que generaba un factor estresante ambiental continuo, bajo el que “no es sólo la persona directamente amenazada la que sufre esa estrategia de persecución” (Julio 2000). En realidad, el efecto de la presión violenta buscaba y conseguía además afectar a los familiares, amigos y vecinos del perseguido, logrando que el miedo se traspasara en muchos casos desde el espacio público hasta el mismo interior de muchos hogares.

Gesto cuantificó hasta 40.000 perseguidos. No son poca gente, pero seguro que el cálculo fue muy prudente. El tormento produjo daños masivos. Fueron perseguidos representantes públicos, periodistas, ertzainas, comerciantes, profesores, estudiantes, viandantes, y todo tipo de personas que se atrevieran a contradecir de pensamiento, palabra u obra, el diktat de la izquierda abertzale. Un nuevo estudio con más medios y respaldo público, con el viento a favor de los tiempos que vivimos, podría hacer una contabilidad más exacta de los afectados por la persecución de la izquierda abertzale.

Es cierto que la presión coercitiva del MLNV no se ha vivido con la misma intensidad en todos los rincones del país. Ha sido muy vigorosa en Gipuzkoa, muy aguda en algunos lugares de la periferia de Donostia, impregnando toda la corteza social con una gran eficacia. La socialización del sufrimiento pretendía activar un clima social de miedo que al MLNV le asegurara una hegemonía indiscutible. Es una presión que aún no se ha descomprimido, que todavía hoy sigue vigente, y que se vuelve a activar con el mero recuerdo de lo que fue. Es el poder intimidatorio de la reputación, que solo podrá superarse con una campaña en la que el mundo de ETA socialice y difunda una autocrítica clara de su trayectoria histórica.

No se puede completar el mapa de sufrimiento sin la memoria de esta persecución. Necesitamos una Memoria pública que deje constancia de esta estrategia premeditada de tormento masivo. Porque hay que decir que no habrá una convivencia de calidad sin sanar los daños que la violencia ha provocado durante todo este tiempo en todas las dimensiones de la vida social cotidiana. En aquellos lugares en los que se difundió el miedo a través de la campaña de socialización del sufrimiento, recuperar la expresión natural de la confianza vecinal va a suponer un trabajo muy intenso que ha de penetrar bajo la corteza social. Y no es seguro que la intimidación haya desaparecido, especialmente cuando hay todavía sectores que siguen mostrando una propensión bélica preocupante.

Las iniciativas locales de convivencia son muy importantes, ya que la reconstrucción de esta debe afianzarse desde la base social. Se ha dicho, con gran acierto, que el suelo ético es el punto de apoyo principal de una convivencia que pueda sostenerse en el tiempo. Es una figura que refleja muy gráficamente el enfoque de abajo arriba, desde el suelo hasta el cielo, con el que hay que restablecerla. Pero, aquí ha habido vecinos que han acosado, agredido y perseguido a vecinos. Si estas iniciativas locales no afrontan esta realidad, pensando que el recuerdo de la misma divide, el daño social no sanará. Se entiende por supuesto que el suelo ético obliga a una valoración moral del pasado, que debería realizarse a todos los niveles. Lo que quiere decir, en definitiva, que el objetivo de normalizar las relaciones de vecindad en nuestros barrios, calles y pueblos fracasará si se pretende alcanzarlo desde una posición de vacío ético.

Joxan Rekondo (Aberriberri.com)

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